La cadencia de sus caderas, mi mayor pasión… El baile

Sentía como él con sus ojos recorrían mi cuerpo con lascivia y eso me encantaba. Desde que había llegado al bar, todos mis amigos me solicitaban para bailar como lo hacían siempre que deseaban tener una buena pareja para bailar los ritmos salseros que tanto nos gustaban. El guaguancó, el son, la charanga, el merengue entre los otros ritmos tropicales los repasábamos una y otra vez en las diferentes interpretaciones de temas, cantantes y orquestas que nos hacían vibrar con su sonido único y sin igual. Pero el no bailaba, ni conmigo, ni con nadie, solo aplaudía y bebía uno que otro sorbo de wisky mientras nos observaba a las diferentes parejas en nuestras ejecuciones de baile.
Yo la veía ahí parado desde mi lugar de descanso esperando que invitara a alguien a bailar; cuando transcurrió la noche y vi que no lo hacia decidí acercarme y pedirle que bailáramos un tema corto y de fácil ejecución. Quede muy sorprendida al ver su gran agilidad para bailar y su cadencia ligera, sentí sus brazos fuertes abrazándome y moviéndose por mi cuerpo para dirigir los cambios de movimientos y la coreografía a ejecutar; su grato aroma de loción varonil mezclada con el olor de su propio sudor me excito tanto que lamente lo corto del tema y temí por quedar ahí abandonada en medio de la pista de baile cuando terminara de sonar la música.
Concluyo el tema y se oyó el inicio de un viejo son, lento y sentí cuando su brazo me tomo de mi cintura puso la palma de la mano sobre mi espalda y me dijo:

– Bailamos?-

Y en silencio nuestros cuerpos quedaron bien pegaditos, yo recosté mi cabeza sobre su hombro, cerré los ojos y me deje llevar por la cadencia de aquel hermoso son y la ejecución perfecta de su baile dirigido dirigido con gran maestría. Sentí su mano descender por mi espalda y apretarla, y sus labios besando mi cuello.No podía apartarme de él, su sexo erecto crecía entre ambos, lo sentía sobre mi vientre… le deseaba.

Continuamos bailando, y él se afanaba en la labor de amasar mis nalgas, cuando sentí sus labios sobre mi cuello, lo que hizo que mi piel se erizara. Fue entonces, cuando pude tomar las riendas de mis actos y tratar de apartarme de él. Pero me lo impidió sujetándome con fuerza, ese acto provoca que me encienda aún más, que me tomen por la fuerza.

¡Vamos, nena, no te hagas del rogar, que se nota a la legua que te gusta! – me susurró al oído, y sujetando mi cara por la barbilla me hizo mirarle a los ojos y me besó.

 

El olor de su cuello, la cadencia de su ritmo; el sentir sus fuerte brazo alrededor de mi cintura y su mano en mi espalda y todo su cuerpo con sus movimientos cadenciales me excitaba aun mas y despertaron mi lujuria por querer tener a este hombre.

 

Cuando nos separamos, me tomó de la mano y me dijo:

Ven.

Me llevó hasta uno de los privados que había en el rincón más oscuro del lugar. Eran pequeños cuartitos, cerrados, con un cómodo sofá y una mesita. Me senté en el sofá y él se sentó a mi lado, pasando su brazo por detrás de mis hombros. Se pegó a mí y empezó a besarme, mientras una de sus manos ascendía por mi pierna y se perdía dentro de mi corta falda. Correspondí a sus besos, como llevada por una fuerza superior y acaricié su torso por encima de la suave camisa que llevaba. Su mano estaba ya a las puertas de mi sexo, lo acarició suavemente por encima de la tela de mis pantaletas. Mi sexo estaba húmedo, y bajé mi mano hasta su pene, lo apreté con suavidad por encima del pantalón.

 

Le bajé el cierre del pantalón, introduje mi mano y busqué el erecto sexo, lo extraje y empecé a masajearlo. Mientras, mi amante, había apartado la tela de mi tanga y hurgaba buscando mi clítoris. Yo seguía masajeando su pene de arriba abajo, sin dejar de besar su boca.

 

Entonces, introdujo un dedo dentro de mi vagina, y mi cuerpo se erizó excitado, mis manos corrían libres sobre su erecto falo, masajeándolo y jugueteando con sus huevos. Le deseaba, deseaba sentirle dentro de mí.

 

Repentinamente, el chico, sacó sus manos de entre mis piernas, se arrodilló frente a mí, me subió la corta falda hasta la cintura. Agarró mis pantaletas y muy despacio, me las quitó. Luego me hizo abrir las piernas y tirando de mis muslos, hizo que me quedara con el culo casi en el borde del sofá. Tras eso, hundió su cara entre mis piernas y sentí su lengua dar un fuerte lametón a mi clítoris, lo mordió y chupó, haciendo que mi cuerpo se estremeciera. Siguió dándome placer, haciendo que su lengua recorriera mis labios vaginales, introduciéndola dentro de mi vagina y sacándola y metiéndola como si fuera un pequeño pene. Mi cuerpo ardía de deseo y placer, estremeciéndose en un imparable viaje hacía la más tórrida sensualidad. Gemía excitada al ritmo de sus lamidas sobre mi sexo. Levantó su cara y me miró a los ojos, vi fuego en ellos. Guapo, atractivo, pícaro, seductor, persuasivo. Quería apartarle de allí, pero a la vez quería quemarme en su fuego, arder en su infierno. Volvió a concentrarse en la labor de lamer mi sexo, mientras mi corazón latía a cien por hora, dejé que siguiera, hasta que mi sexo húmedo alcanzó el primer orgasmo. Él se sentó, entonces, a mi lado, tras desabrocharse el pantalón y darle más libertad a su erecto sexo.

 

¡Ven, zorrita! – me indicó con cierta maldad haciéndome sentar sobre su erecto falo.

Lo guié, erguido hacía mi húmeda vagina, observando sus brillantes ojos, y descendí, haciendo que su pene entrara en mí con suma facilidad. Apoyando mis manos sobre sus hombros empecé a cabalgar, mirándole a los ojos, haciendo que su sexo entrara y saliera de mí una y otra vez, que resbalara por mi vagina y rozara mi punto G. Mi cuerpo se estremecía y el suyo, también, se acercó a mi, me abrazó, me besó en el cuello, saco mis senos y también los lamía, chupaba mis pezones, mientras su pene seguía entrando y saliendo cada vez más mojado de mi vagina.

 

Sus manos se movieron hacia mis nalgas, las atraparon, mientras yo me balanceaba sobre su erecta verga, sintiéndola hincharse. Introdujo su dedo anular en mi agujero trasero y un dulce escalofrío atravesó mi cuerpo.

Ya no existía nadie más que él y yo en mi mundo, en mi mente controlada por el deseo.

Nuestros cuerpos unidos empujaban el uno hacía el otro, en su afan por darse placer. Sus labios chupaban mi cuello y mi cuerpo ardía cada vez con más fuerza. Cabalgué veloz sobre aquel masculino sexo que se hinchaba imparable dentro de mí, apretaba las paredes de mi vagina creando una succión que se asemejaba a una mamada, nuestros gemidos se intensificaban, sus manos acariciaban con desesperación mis muslos y glúteos, de momento escapaban un poco para acariciar la firmeza de sus senos, hasta que sentí el ardoroso orgasmo haciendo que las paredes de mi vagina se convulsionaran sobre el hinchado pene, que finalmente se vació dentro de mí.

Cuando dejamos de estremecernos, mi amante se apoyó en el respaldo del sofá y caí abrazada a él. Minutos después me puse en pie. Busqué mi tanga que estaban sobre el sofá y las tomé, mientras él guardaba su sexo y se abrochaba los pantalones.

 

¡Adiós! – me despedí…. Y con los ojos brillantes, las mejillas rojas y el sudor que cubría mi cuerpo, salí del bar sin mirar atrás con una sonrisa dibujada en mi rostro….

 

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